17 ene. 2009

II

Para vivir la vida de forma plena y satisfactoria creo que razón y emoción han de estar de acuerdo. Esto es, las premisas de las que parten y sustentan a ambas tienen ser las mismas, o, cuando menos, no deben existir incoherencias entre ellas.

Es difícil convencerse de que las emociones no son sólo sensaciones en el cuerpo, que su raíz también es mental. En tanto la emoción es una reacción física al modo como se interpreta lo que se vive, esa interpretación también se compone de creencias; inconscientes en su mayoría, pero no imposibles de conocer.

Me parece un error de planteamiento identificar la mente lógico-racional con la mente misma, cuando ante todo es un brazo ejecutivo con un poder sin duda alguna útil. Por puro empirismo me consta que esa identificación procede del desconocimiento primero de que, a pesar de su sofisticación, no deja de ser una herramienta que requiere un cierto entrenamiento; más que difícil, sistemático.

En especial cuando la pretendo como aliada del objetivo, éste siempre tiene que estar definido, sinónimo de verbalizado, en la consciencia. Algo más bien imposible si 'corazón' y 'cabeza' no están de acuerdo... pues la escalada de contradicciones puede convencerme hasta de elegir lo que no quiero, o incluso dejar lo que sí quiero.

Un problema que presenta esa identificación es que se deja sin ubicación conocida a la mente emocional; o mejor, a la parte emocional de la misma, que es la más compleja, la más oscura, conflictiva y difícil de manejar, por cuanto sienta muchas bases de toda la estructura pensante.

Se la desubica y al tiempo se la despoja de la capacidad interpretativa de sus propios contenidos; algo que considero imprescindible para detectar las incongruencias intestinas que hayan quedado instaladas durante los tiempos sin memoria.

Porque ese hecho es indudable que influye en las pautas que, conscientes o automáticas, van marcando actitudes cuyos resultados suelen provocarme gran insatisfacción. Y también porque es necesario saber qué quiero hacer conforme al objetivo pretendido. Salvo que este siga sin estar claro...

Sé que lo que no se interpreta no se comprende, si acaso no mucho más que de una forma intuitiva; algo que puede que no sea suficiente para ir depurando todo el dolor psíquico en un tiempo que cada cual irá determinando como razonable.

Quizá lo que más disuada de su manejo sea el rigor intrínseco del propio método lógico-racional; tan directo y nítido a veces que por eso tal vez no sea lo más apto para cardiacos emocionales. Pero no tengo dudas de que la utilidad ulterior compensa los incómodos reajustes iniciales; sobremanera porque es una herramienta que en la práctica no puede, o no sabe, permanecer totalmente inactiva.

Pese a todo lo dicho, puedo descartar fácilmente el error de planteamiento previo si por apego, por adicción, por ignorancia, o por simple afición, elijo acomodarme a los patrones circulares del sufrimiento; creyéndolos en mi demencia inexorables. A menudo por escapárseme algo del proceso que me aboca a ellos; o por no ser capaz de reconocer que es la pura evidencia la que inspira la agudeza de mi negativa.

Si me pregunto qué es lo que yo realmente quiero, puedo responderme de muchas formas, desde que no lo sé hasta decenas de cosas contradictoria; sin que eso excluya la posibilidad de que lo sepa realmente.Partiendo de la premisa de que la claridad de esa respuesta irá determinando mi hacer, todo cambio de actitud será siempre el resultado de un sinfín de pequeñas modificaciones que devienen resultados concretos.

Que esos resultados se parezcan poco o nada a lo esperado depende de mí. Puesto que, lo sepa o no, yo elijo todo momento aquello a lo que deseo dar credibilidad conforme a lo que pienso. Pero para llegar a ese punto tengo que ser consecuente y admitir que lo creo produce lo que vivo.

Con esa libertad sin límites, se abre así un universo de responsabilidades que no siempre me resulta fácil de manejar. Sin embargo, es muy interesante intentarlo, y perder la ocasión de hacerlo es condenarme necesariamente a lo que hay, que en muchas ocasiones se parece poco a lo que deseo.

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