19 jul. 2009

Amor.

El verdadero amor no es un sentimiento que nos abruma, es un una decisión pensada y un propósito. M. Scott Peck.

Conforme el ser humano se desarrolla y evoluciona, percibe el amor como algo más que un sentimiento abrumador que mueve pasiones e ignora la razón. Las decisiones tomadas en nombre del amor, bajo un estado de gran emoción, pronto se enfrían. En su caída, tienden a desencadenar un gran caudal de perturbación y, en muchos casos, deterioros materiales de gran insensatez.

Dejarse llevar por una brújula que tan sólo tenga en cuenta la exaltación de los sentimientos, supone desoír la voz que nos impide “perder la cabeza”. Un des-balance que, tarde o temprano, se cobrará un alto precio en forma de carencias y frustraciones típicas de aquellas relaciones en las que predomina la pasión y la fascinación completa. En el extremo contrario, está el sujeto que se deja guiar exclusivamente por el mundo prosaico de la razón, sin duda alguien que se ahogará en un territorio de cálculos e intereses que le adentrarán en un desierto carente de toda sensibilidad y frescura afectiva.

Cualquier decisión tomada desde uno de los dos lados, tanto el de la cabeza como el del corazón, supone lateralización y superficialidad. Por el contrario, los sujetos que evolucionan hacia una conciencia integral se adentran en lo profundo de sí mismos y logran que los opuestos, inherentes al yo superficial, vayan paulatinamente integrándose y dejen de ser excluyentes. Pensamiento y sentimiento, razón y afecto, cabeza y corazón intervienen integralmente en la decisión acerca de algo tan mágico como la relación afectiva. En realidad, en la hondura del propio Ser, caben los opuestos sin conflicto. Y de la misma forma que una paloma necesita dos alas para volar, nuestro cerebro precisa de sus dos hemisferios cerebrales para avanzar a la profundidad del sí mismo. Si una de las alas induce a actuar desde la emoción, la otra lo hace desde la razón. Es tan sólo la fuerza conjunta de ambas la que conduce al progreso. El amor como fuerza esencial de vida, no se queda fuera de esta Ley que balancea e integra el impulso y la reflexión.

Durante milenios, y todavía en variadas culturas del mundo actual, las grandes decisiones de formar una familia y entablar vínculos de pareja eran un asunto de los padres. El propio sujeto no tenía casi intervención en tan delicado asunto de su vida futura. En realidad, tiene pocos siglos la puesta en juego de sentimientos abrumadores como elementos decisivos en la creación de una familia. La humanidad se ha movido en ciclos pendulares que alternaban entre etapas de predominio racionalista y pragmático y etapas de romanticismo que exaltaban los sentimientos y la sensibilidad. Acción y reacción polares que vienen anunciando la llegada de un tercer punto, o conciencia de síntesis, que integra los opuestos y abre la puerta de la Inteligencia del Alma. Un estado mental en el que puede decirse que el corazón piensa y la mente ama.

En un nivel más elevado, el amor supone una ola que emerge de la Infinitud interna y lleva consigo la Experiencia de Totalidad. En la comunión espiritual de dos seres, el vínculo está más allá de la pasión y la razón. El Amor con mayúsculas es un estado de conciencia que integra Eros y Thanatos, lo ascendente y lo descendente, el Cielo y la Tierra. Un encuentro que está más allá de cualquier forma de apego y que brota desde planos transpersonales en los que Silencio es la pregunta y Silencio es la contestación.


Texto perteneciente al libro: "Inteligencia del alma", de José Maria Doria.
jmdoria@escuelatranspersonal.com

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