13 jun. 2010

Desencuentro pasional.


No puedes ignorar que yo no he llegado a tu vida para tener una relación sentimental al uso contigo, aunque muchas de las emociones que se han vertido en la nuestra sean tan ambiguas.

De madrugada, un mensaje tuyo decía:"perdona si te has sentido triste por mi culpa".

Déjame contarte que la culpa es tan injusta como una carga que elegimos llevar encima sin más utilidad que la de pesarnos. No resuelve nada y merma la energía, las ganas de hacer cosas por temor al error. El error, ese aliado del que huimos constantemente...

¿Crees que tú puedes tener la culpa de lo que siento? ¿Y cómo, si la que interpreto soy yo? ¿Qué control real puedes tener tú sobre eso? ¿Qué control puede tener nadie sobre nada de lo que otro piense?

La influencia existe, es real, no podemos negarla, pero ¿dónde quedan entonces la responsabilidad personal, la libertad y la buena intención? ¿No quedamos en que todos lo estamos haciendo lo mejor que sabemos, que la ignorancia no es un delito ni siquiera para el asesino? Claro que para la ley de los hombres, sí lo es, porque la ignorancia no te exime de responsabilidad.

¿De qué tiene la culpa alguien que ha sufrido y que no actúa, sino que reacciona devolviendo automáticamente lo que recibe? ¿De su sufrimiento? De ese sólo es responsable, como también lo es de la ignorancia que le mantiene adherido a él.

Si de verdad espero tener fuerzas para arreglar algo, no es con la culpa como podré, en tanto le hace a mi voluntad lo que la criptonita a Superman.

Ya sé que tú estabas ahí como yo, participando, siendo cómplice, pero no creo en serio en mi derecho a ponerme triste para hacerte responsable.

He reaccionado así, con tristeza, cuando he interpretado en ti un cierto desencanto al no aceptar yo una parte de tu aspecto, como tú implícitamente esperas, aunque sea sin aferrarte.

No te engañes: en general todos esperamos ser notados, queridos y aceptados, y esa espera se materializa de incontables maneras, a menudo negadas por miedo, como Jesús fue negado por Pedro.

La libertad de los demás es la única barrera real para la nuestra. A solas con la propia, bien está que las luces y las sombras se distribuyan por ella como cada cual quiera. Mas, por discretos que seamos, no podremos evitar que sus relieves conformen el mundo de nuestras relaciones, que, seguro no ignoras, alimentan la perspectiva de quien pretende conocerse tanto a sí mismo como a sus congéneres.

A mí me gusta estar contigo porque a ti te gusta estar conmigo. Es un proceso circular de la energía: a los dos nos place a medida que se produce el intercambio. Es la afinidad de nuestras emociones, que no tienen que enamorarse porque les basta el simple entusiasmo que produce compartir (se). Nos reconocemos sin que nuestras personalidades entiendan esa familiaridad que mágicamente sentimos.

Cuando estoy contigo, ahora que ya te he visto, prefiero estarlo de la manera más amplia posible, con todos mis sentidos absorbiendo tu presencia y tu luz. Entonces, ¿cómo voy a preferir las letras que me escribas, al todo tú que podría disfrutar si no eligieras mantenerte a una cierta distancia?

Que tu espíritu no se halle ahora en el cuerpo que yo esperaba no debe ser la causa de que prefieras esconder éste porque ya no lo creas un elemento necesario. Me apena que por eso te amputes la libertad de mostrarte.

En este preciso momento ignoro si tu pasión logrará inundar la mía hasta hacerle el amor con el amor que eres. Yo nunca descarto nada del todo, porque nunca se sabe qué nos requerirá la vida cuando se mueven sus piezas.

Y aunque no me empeño, me gustaría que no perdiéramos el resto de lo que puede ser compartido, que sumando resulta que es todo lo demás.

Hay gente a la que le gusta la sal abundante en todas sus comidas. No concibe un plato sin ella, a pesar de que casi todos los alimentos la contienen en diversa medida de forma natural; pero no pueden apreciarlo enfocados como están en el sabor intenso que suele inundar sus bocas cuando saborean un plato.

El sexo en nuestro caso vendría a ser como la sal de la comida, un extra que si no se desea no merma las ganas de alimentarse. Y aún así, nunca descartaríamos su uso por si un día hiciera falta.

No sé si me explico... porque en realidad tú y yo no somos hipertensos y nadie nos la ha prohibido para estar sanos. Eso dejando a un lado el hecho de que el sexo, como el aire, está en todas partes y no por eso vamos a reprimirlo.

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