1 ago. 2010

XIV. Mi derecho y 'yo'.

Ocurre que cuantos más derechos creo que tengo más torcidas "me" salen las cosas.

Salen los primeros en pelotón a defender su espacio en mi vida y se dan de bruces, de canto, y hasta de espaldas, contra las segundas, portadoras de los derechos de otros.

Que sí, que eso de la libertad de ser es muy bonito en los libros, pero cuando la pongo en práctica debo interpretarla mal, porque deviene a toda mecha en expectativas que abarrotan la línea de salida: manifiestas, implícitas, solapadas, conscientes, inconscientes..., traídas por las más peregrinas razones del discurrir diario. Expectativas y ninguna responsabilidad para el que las detenta: que yo creía que, que parecía que, que no esperaba que, que tú dijiste que...

Tengo que ponerme a meditar primero, atenta a la respiración profunda, que es la única que ecualiza el pensamiento, la emoción así como cualquier otra sensación que perciban mis sentidos, y a reflexionar después vertiéndolo en letras para darme cuenta de ellas; de esas expectativas que a diario observo ahí fuera compitiendo con las mías hasta tirarse del pelo si hace falta, porque 'yo' lo deseo, o 'yo' lo necesito, o 'yo' lo valgo...

Siempre soy yo. ¿Y quién soy 'yo' aparte de alguien con derechos...? Por otro lado ocurre que si todos creen, o pueden llegar a creer lo mismo en cuanto obtienen la información, ¿qué 'yo' debería prevalecer?

De partida no se sabe, por eso se hacen listas bondadivosas que traducen un acuerdo mayoritario pero al que, está muy claro, no todas las voluntades se adhieren. Eso quizá explica por qué los que menos creen tener procuran arrebatárselo a quienes más parecen tenerlo; así como los que creen tenerlo hacen lo posible para que no les sea arrebatado. Y es con esa constante fricción festoneada de forcejeantes egoísmos que bailan, como nos vamos desgastando, quizá demasiado rápido, un poco por fuera y otro poco por dentro... ¡Ay, los conflictos de derechos! ¡Cuánto sufrimiento nos procuran...!

Y es entonces cuando me pregunto dónde queda la responsabilidad que entraña esa libertad inabarcable, que a veces creo no tener para que pese menos, y por la que me resulta más fácil convencerme, en base a la ley de la economía de esfuerzos, que yo soy la víctima de un gran verdugo con muchas cabezas que se llama Mundo.

Ah, bueno, esa es otra historia, en la que pienso menos, es verdad. Más bien la pienso después, cuando ya se me ha echado encima y no sé por qué está ahí ni qué hacer con ella. No me he dado cuenta de que con cada gesto que materializo entro en la rueda del dar y tomar: por ejemplo, al tomar oxígeno doy el anhídrido carbónico que respiran las plantas; al tomar mi cuerpo un descanso, él da energía extra para el rendimiento; al tomar la compañía de una persona, le doy a ella la mía; al dar un abrazo, recibo otro hasta con el simple contacto... y así sucesivamente hasta las combinaciones más complejas, multiplicadas en el infinito manifestar de todos los millones de vivientes que en este barco planetoide habitamos.

Centrándome en las relaciones, la cuestión es que nadie más que 'yo' puede decidir si es bastante cualquier intercambio. Y está bien que así sea, pues de lo contrario siempre podría decir 'yo' que me timan algo a lo que sí tengo derecho. Mas si 'yo' digo que está bien y el otro no está de acuerdo; o si soy 'yo' la que quiero más en contra de su criterio, ¿qué pasa? Pues pasa que se ha de reclamar con dolor, íntimo y/o desaforado, la proporción a la que se cree tener derecho, comenzando la escalada de sufrimiento en la misma medida en que ralentize la comprensión de todo el proceso; que para que terminara feliz, habría de llegarse más pronto que tarde a la conclusión lúcida de que dar, en tanto regalo, nunca puede ser obligatorio, por tanto, reclamar no es un derecho, sino a la postre tan sólo una responsabilidad del que lo necesita.

Y de verdad que da igual la clase de pacto que se haya hecho: yo no puedo esperar más tiempo del saludable que nadie me dé lo que no quiere darme, crea yo tener el derecho frente al otro, o crea él tener el suyo de no dármelo, así sea por un derecho de fastidiarme que él por momentos ejerza. Y no me doy cuenta, sin embargo, de que ese derecho al fastidio se lo estoy dando 'yo' con mi anuencia en todo el proceso al ocupar el espacio reclamante.

¿Qué hago entonces? ¿Me quedo hipnotizada en el no hacer con mi derecho a esperar, que no lograría sino reforzar, precisamente su negativa a dármelo? ¿O tal vez debería seguir siendo lúcida y no entrar en la lucha por cosas que 'yo' podría proporcionarme, a poco que me esmerara en enfocar una visión un poco más amplia que la que ahora tengo?

Es cierto que si no olvidara la responsabilidad que contraigo con mi hacer, mis derechos ejercerían menor presión al adaptarse con naturalidad al sobrio y elegante intercambio. Pero es que a veces necesito ¡tanto!, que prefiero pensar que me lo deben a crear 'yo' con cierto ingenio las condiciones para recibir la entrega voluntaria. Si bien en esto de crear también se me va la mano a veces, por cuanto pretendo fomentar una necesidad en el otro para que a su vez me proporcione lo que 'yo' quiero.

En realidad la supervivencia conlleva tácita tal regla, y hasta las entregas en apariencia más puras son inspiradas por la necesidad tripartita más esencial de todas: que me noten, que me quieran y que me consideren.

Entonces ¿qué hace la diferencia cuando comprendo todo esto? En términos globales, sencillamente la sensación de bienestar que me habita y la forma en que ésta se equilibra en las situaciones que vienen torcidas, por el simple hecho de ver cómo las expectativas se van derrumbando cual castillos de naipes que son y, en lugar de dolor, me procuran alegría por haberme dado cuenta de la esclavitud mental en la que por derecho me estoy colocando.

Pero la alegría no se genera fácil cuando he cifrado todo el contenido de mi mundo en las representaciones externas de los sujetos-fuente del darme lo que necesito. Cuando creo que en ellas está todo lo mío, en lugar de dentro de mí; siendo esa pasividad de la espera, lo mismo que, paradójicamente, esa hiperactividad compensatoria, las que en verdad me provocan a la postre el mayor y más profundo desasosiego.

La clave quizá radique en la cristalización del foco de mi conciencia en un punto determinado del intercambio, al confundir una parcialidad del mismo con toda la extensión que ocupa. Donde tomando la parte por el todo, adopto una pose que en especial fomenta el no hacer y con la que en el ínterin creo tener todo el derecho a la crítica al no hacer del otro.



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Imagen: Excusas, de Quino

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