8 ago. 2010

XV. Ya no sé qué hacer conmigo.

Cuando digo que lo he probado todo, no es del todo cierto, pues primero que nada soy experta en eludir las experiencias más allá de mi zona de confort.

Cuando digo que lo he probado todo se me olvida que para mucho de lo catado yo llevaba otros ojos: una forma de mirar oscura y desconfiada, regada por miedos de toda índole, hasta de esos que sólo parecen inocentes preferencias...

Como dice Malonda, los límites de la atención son enormes y en gran medida pasan desapercibidos por una simple cuestión de economía cerebral; así que si recorriera de nuevo todos los sitios, siquiera en sentido figurado, jugando con los recuerdos, focalizando mi atención en otros detalles, con otras gafas que me los acerquen; ecualizando el efecto de los que primero me vienen al paso, generalmente los más dolorosos y/o sórdidos, y que por eso y no por otra cosa me parecen gruesos, no veo por qué no puedo empezar a saber qué he de hacer conmigo. Tengo una buena labor en la que entretenerme, en tanto mi bienestar depende de ello en insospechada medida.

Pero, ¿tan difícil me soy? Bueno, sobre todo me lo he sido cuando necesitaba sentirme dentro del núcleo de atención de mi pequeño universo. Ahora que el núcleo se expande con la luz de la conciencia, cada vez me lo soy menos. He dejado de luchar contra mí. Y cada vez que me descubro siéndome insolidaria con los juicios, o tratando de vender mis favores al mejor postor, me paro... me miro... y es cuando me doy cuenta de que mi respiración hace rato que se ha hecho superficial y que incluso se entrecorta.

¡Ah! ¡Estoy pensando bajo la influencia de la apnea! Para un órgano tan sensible a la falta de oxígeno como es el cerebro, ¿cuántos vertidos bioquímicos no estaré produciendo en el discurrir de mi pensamiento, que despiertan las emociones de dolor más enrraizadas, y que creo o no controlar? ¿Y cuántos de sus desplegables no inundarán con intensidad mi atención durante mis reflexiones, o incluso de forma fugaz durante mis evasiones...?
No puedo escapar a ellos cuando se activan, porque yo misma los potencio con lo más morboso de mi victimismo, creando un caldo de cultivo perfecto para justificar mis impotencias más inveteradas.

Y claro que acabo exhausta; cuando no dormida o borracha, según que mis evasiones contengan más o menos etílico...

No importa. Ya sé que puedo hacer cosas conmigo. Una de las primeras es empezar a cuidarme, porque un señor que se llama Mario Alonso, y que es médico de cirugía digestiva, dice muchas cosas de la fisiología del cuerpo y de cómo hacerla patológica si es lo que queremos.

Queda muy propio decir que no tengo ganas, pero siempre que sea porque a mí no me la da, no porque no sepa, o no sospeche cómo hacerlo diferente. Puedo ejercer la desidia todo cuanto quiera, pero que sea con conciencia. Que no me crea que mi vida va peor sólo porque los otros no permiten que vaya mejor. De todos modos, sea o no cierto que eso suceda, yo soy la única que puedo hacer realmente algo, y si me subo al carro del que otros tiran, no puedo creerme en serio que es culpa de ellos no viajar mejor y más rápido.

Por mínimo que sea, siempre puedo hacer algo. Y si ni respiro con conciencia, ¿cómo voy a averiguar qué hacer conmigo si las sinapsis que me informan, se debaten con los virus pensantes... ?



2 comentarios:

Conguito dijo...

Buenaaaaaaaaaaaa!

Hay que olvidarse de uno mismo en la justa medida para percibir el mundo alrededor. Es un equilibrio difícil: prestar atención fuera y dentro de manera que no nos duela.

Besos

PazzaP dijo...

A la postre, duele más si no se la prestas.

Y lo difícil no es hacerlo, sino sostenerla, en tanto el pasado y el futuro sustraen todos los intentos.