16 sept. 2010

La Libertad y el Amor (VII). Esta es mía.


Ya se sabe... de San Intenet


No soy tan inconsciente que no me dé cuenta de que en esta vida relativa experimentar esa libertad y ese amor del que habla Consuelo suena extraterrestre, utópico, quimérico, fantástico...

Precisamente por ese relativismo, me gusta la imagen que inspira. Me gusta tanto que creo que es la única que merece creerse cierta; por ahora al menos; y me temo, en el buen sentido, que tal vez por mucho tiempo; y eso aunque algunos digan que éste, el tiempo, no existe; y otros que es la cuarta dimensión (?)...  Ya... Cosas de mi ignorancia, no importa ahora si mi escuálido saber científico no me permite ahondar por ahí.

Y así, cada vez que sienta que se cierran sobre mí las columnas de mi océano emocional, momentáneamente levantadas por un fuerte ideal espiritual de confianza y serenidad, no temeré más que vaya a ahogarme. O sí. Vale... Lo temeré como parte del juego si eso es lo que elijo. Pero allá sumergida, como la mutante que soy, sirena de la profundidad de mi ser, usaré branquias para hacerme al medio y seguir viendo lo que sea menester, porque no voy a seguir ignorando el hecho de que hasta que no lo haga, no permitiré que deje de atormentarme todo lo que no quiero ver.

Aprendo mucho de la lectura de mis compañeros virtuales. No sé si mejor que de la de mis compañeros ¿tangibles...? Sí, sí, no dudo de que lo sean. Tangibles, me refiero. A veces. Muchas buenas y gratas, aunque por ahora breves y bastante limitadas, en tanto yo misma así me siento. 

No sé si mejor, decía, pero sospecho que probablemente igual, sólo que de distinta manera; por otro de los muchos vericuetos incontables. De todas formas, por ahora, estas son las únicas relaciones que tengo con las que me siento más libre en todos los sentidos.

Ya... Supongo que es cosa de la neurosis humana de la que, confieso, me he contagiado hasta la médula; algo porque la llevo en mis genes, y bastante porque el ambiente que ha influido con prioridad en mi vida no ha podido sino ser el que ha sido. Ni mejor ni peor que otros, tan sólo diferente; y, para mi desconcierto, bastante privilegiado; cosa de la que no me he dado cuenta hasta hace bien poco.

No, no voy a confesar que ese privilegio me viene de fuera. Precisamente ahora que el vacío más vasto inunda mis días. Sé que dentro de mí todo me ha parecido muy complicado siempre. Por eso, cuando un día leí que no había ni dentro ni fuera de uno mismo, algo encajó con un agridulce alivio entre mis percepciones, porque vi en eso una luz en mi profundo desconcierto. La luz de esa bombilla que suelen poner en las galletas de los cómics. Y aunque me dije un eureka muy bajito, era algo; mucho más de lo que había tenido jamás. Y pese a mi impericia, yo siempre he estado abierta a lo que ilumina mi pensamiento. En tanto quedé atrapada en él, sólo sentir, como tantos aconsejan, no podía servirme para trascenderlo.

Como he reconocido tantas veces en este blog, pensar y sentir tienen que ponerse siempre de acuerdo para vivir. Sólo sentir para no volverse loco haciéndole demasiado caso al pensamiento, no es para mí ni para muchos la solución a los conflictos que nos roban la paz emocional. Pero bueno, yo ahora sólo quiero hablar de mí, así que dejo a los demás sus propias elecciones, porque ya sé que las palabras no sirven para nada si no nos procuran la satisfacción. Servir, sirven, claro; a muchas causas, pero si el saldo de nuestro amor propio está en rojo, no representarán más allá de una evasión de lo que hay; sea esto lo que quiera que sea para cada cual, lo que hay seguirá siendo, con o sin concurso de uno mismo.

Volviendo al  núcleo de la entrada, no temeré más estar sumergida si es lo que me toca. Porque aunque sea bien cierto que podría sumarme a la cruzada de la esperanza rota de algunos de mis compañeros de vida, o dejarme llevar por los cantos de sirena de otros, cuando nada parezca tener sentido y cuando todo parezca hundirse bajo mis pies, ese amor del que se habla en ese libro, tiene el suficiente oxígeno como para no ahogarme en los días que me queden por experimentar, en esta, mi relatividad.

Lo que cuenta Nebroa en su entrada lo confirma por enésima: la percepción es selectiva. Y yo no voy a creer todo lo que ella me diga, sabiendo que su sesgo es una espada de doble filo de lo más sutil y perniciosa.

Porque no hay nada peor para limitar la consciencia, que creer que aquello que la percepción me aporta tiene la última de las palabras, el último de los sentidos; cuando sé que la consciencia, por lo menos para este mundo relativo, inspirado por lo que pienso y por lo que siento, no puede, no debe, y no tiene más bemoles que seguir creciendo. Conmigo o sin mí, eso es bien cierto.

2 comentarios:

Nebroa dijo...

Paz... Sólo quería decirte que sigo aquí. Contigo.

PazzaP dijo...

Bienvenida, pues, Nebroa, y un abrazo amigo.