14 ene. 2011

XXVII. Cuando me enamoro.

Cuando me enamoro no hay duda de quién me inspira. El otro es la excusa, y decirlo parece simplista, pero lo cierto es que uno no se enamora del otro por quien es, sino por como se siente cuando está a su lado; sea física o mentalmente.

No hay duda de que me inspira el amor, apenas un destello del divino. Pero al pasar el tiempo he de ver en qué queda todo cuando se termina la fiesta que se monta el sentimiento con toda su cohorte de emociones.

Somos fácil presa de un cóctel hormonal agridulce que agita nuestro psicocuerpo.
Y uno se cree que los pensamientos que le son inspirados por tan intenso brebaje le acompañarán para siempre.
Y lo desea con tal fervor, que cree sinceramente que no puede ser de otra forma.

Y, sin embargo, sabemos que no es así, que el triunfo no siempre está al final de esa experiencia. No al menos el triunfo de lo que la inspiró en los comienzos. Y en tanto todo cambia, aquello que empezó, necesariamente sufrirá su transformación insospechada.

No es sino después que entendemos, o no, que lo que creíamos amor pleno no era sino enamoramiento. Nada despreciable, por cierto, incluso profundamente deseable, mas no garante de lo que a posteori acontece.

Un brindis por los que se enamoran, en tanto en su arrojo torero tocan con las puntas de sus dedos a un tiempo, el cielo y el infierno de la tierra.



De S.I.


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