12 ene. 2011

XXVI. ¿Me gusta bailar?

Me lo han preguntado muchas veces. ¿A quién no le gusta si ha deseado  alguna vez ser libre?

Me gustan las experiencias del cuerpo: comer, beber, dormir, andar, bailar, hacer el amor... cuando la mente juiciosa no interfiere demasiado en ellas con sus preceptos, conceptos y demás memorias dolorosas. Pero la tengo tan incrustada en mi consciencia, que diría que soy hija de un juicio andante que intenta redimirse mediante las letras.

Hace un instante una música inopinada secuestró mi cuerpo y lo puso a contonearse. Qué bien sentía el movimiento, que distensión de las rigideces matutinas propias de la edad y el sedentarismo que se va instalando en mi ánimo.

Al poco resoplaba, no podía seguir la marcha, mi cardiovascular va de pena. Y no me extraña. En lugar de hacer caso a mi cuerpo que me pide a gritos energía, consumo la que tiene de reserva para masturbar mis neuronas con penas obsoletas.

La baja energía me hace llorar y me agota. He de remontar tristezas, aunque sepa que de nuevo bajaré a bañarme en ellas; porque de ese mar de lágrimas que conforman nací yo que, voluntaria, decidí dejar de ser sirena de mis aguas.

Con los años el cuerpo se desgasta. O lo cuido o lo maltrato, de muchas maneras indirectas. Si al final todos morimos, mejor si no es mucho el dolor físico que me acompañe al dintel de esa irreversible puerta.

Y si el cuerpo siempre me echa una mano cuando le ayudo a ayudarme, ¿qué clase de victimismo hace que tenga que pedírmelo a gritos, que tan a menudo desoigo?


De S.I.




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