16 feb. 2011

XXIX. La quisicosa.

Sea quien sea, sea lo que sea, que ha originado eso de saberse vivo, de estarlo y de sentirlo, hay una cosa que parece bastante clara para mí:  lo ha hecho para que hagamos lo que él o ello ordena y manda por ley. Una ley que se llama Amor.

Cierto que es una ley muy difusa que cada cual interpreta a su modo, pero tiene de bueno que permite al mismo tiempo darse cuenta de que también hay un secreto escondido que se comporta como un antídoto para el conflicto y que es esencial:

Cuanto menos se parezca lo que hago a lo que hay que hacer según su disposición, más complejo y denso se hace todo lo percibido mediante cualquier sentido que usemos para captar. Pero cuanto más se asemeje, más fluido y cómodo en los términos globales de la existencia.

Dejemos lo anecdótico por un momento porque para lo que digo, con serlo, es lo menos relevante.

Para empezar, yo todo eso no lo puedo procesar desde la unilateralidad del raciocinio. Está claro que no basta. Tampoco sólo con el corazón, que por descontado no atiende a las razones del primero en tanto tiene las suyas propias, bastante ingobernables por cierto.

Entonces, si no me queda otra que sentarme a dirimir sus diferencias, cuando lo hago, y esto lo constato a diario practicando yo misma, me doy cuenta de que necesariamente todo ha de estar bien como está, y que si no logro que vaya por donde yo quiero, es simplemente porque no lo hago del modo en que debo, dado que no sólo hay una voluntad implicada, sino muchas y bastante confusas. Y si aún sigo creyendo que sí, tendré que habérmelas con las consecuencias, que siempre son más de lo mismo; esto es, aquello en lo que yo creo y que no suele funcionarme como quiero..

Hay una cosa muy clara: mientras siga haciendo lo que estoy haciendo, seguiré logrando lo que estoy logrando. Y lo cotidiano no viene sino a confirmarlo. Aunque esa precisamente sea la excusa perfecta para verificar tanto la verdad de perogrullo del aserto, como para para posicionarse más aún a favor del error.

Eso no deja de ser una paradoja diabólica en tanto lo que se teme es una consecuencia que en principio sólo está en mi cabeza en forma de interpretación proyectada, y que la mayor parte de las veces jamás se confirma. Esto parece de risa, pero es talmente así. Sólo hay que observar.

Entonces, ¿qué hacer?

A bote pronto siempre parece que se puede poco. Eso parece, pero lo más gracioso que ocurre es que ni siquiera se empieza porque desde la confusión es prácticamente imposible. Ya lo decía alguien antes que yo: es más difícil salir de la confusión que del error.

¿Y cómo se puede salir de la confusión?

De nuevo puedo decir por experiencia, de acuerdo a la trayectoria de mi vida, que escuchando mis dos partes, por descontado que con toda la cohorte de voces y representaciones mentales que se quiera, pero haciéndolo de veras, puede lograrse.

Si no las escucho con el propósito de aceptarlas sin juzgarlas, y esto no es negociable, a los hechos me remito; o en su defecto de perdonarlas sistemáticamente con cada juicio que aparezca, entonces se hace obvio que lo que no lo es, es la verdadera intención de mi actitud.

Haciendo a un lado lo anecdótico, como decía arriba, todo puede reducirse a dos premisas o causas fundamentales: la de la razón y la del corazón. Y a dos motores que las alimentan: el amor y el miedo. Y me temo que es necesario que ambas tengan una influencia equiparable en mí si no deseo ser en exceso errático; lo cual afectará sin duda a lo que piense, a lo que sienta y a lo que haga, sumando malestar y confusión.

Quizá de lo que piense pueda evadirme de mil formas distintas: trabajo, relaciones, salidas, entradas, lecturas, viajes...
De lo que sienta ya no puedo tanto, o incluso nada, pero como no lo entiendo porque creo que las emociones son "cosas" sin explicación que otros me provocan, pues me lo cargo a la espalda y sigo soportándolo como mejor o peor se me da.
De lo que hago soy testigo, a veces  muy dormido; y otros no vienen sino a confirmarlo. Aunque por mor de sus múltiples interpretaciones es seguro que mi confusión seguirá aumentando unos enteros. La perplejidad es un estado muy común en la raza humana que le hace el mismo efecto que la kriptonita a Superman.

Ya me dirá alguien cómo puede andar si no se pone de pie, cómo puede comer  si no te pone el alimento en la boca o cómo descansa de verdad si no duerme.

Bien, pues ya me dirá ese mismo alguien, cómo puede vivir una vida satisfactoria si un día descubre que tiene el enemigo dentro y toma la actitud de enfrentase a él...

¿Que es difícil evitarlo?

Claro que lo es. Primero, como ya sostengo hace tiempo, porque la actitud más frecuente es la evasión. Miedo da, ya lo sé, pero más miedo da evadirse y descubrirlo el día que enfermamos y/o estamos a punto de cerrar los ojos a esta realidad, es decir, el día que, dicen, nos morimos.

Segundo, porque a esa actitud esquiva le sigue siempre una injusta e inconsciente rendición que llevada a extremos no hace sino engordar la confusión.

Bien. Pues una vez que mi razón y mi emoción firman el pacto de no agresión mutua,  he descubierto que de algún lado surge una profunda sensación de estar haciendo lo correcto.

¿Y cómo sé que esa sensación es correcta?

Lo correcto a priori siempre parece sujeto a un juicio: "esto está bien", "esto está mal". Pero si lo mido con ese rasero literal, tanto "bien" como "mal" pueden darse la vuelta y convertirse en lo contrario: lo que hoy me parecía que estaba bien, mañana me parecerá estar fatal. Viceversa.

Todo ese relativismo seguirá sumando más confusión si las premisas de las que parto me hacen creer que necesariamente hay algo "malo" o "bueno" por esto o por lo otro. Lo cual deviene de forma impepinable en un reparto de culpas para todo bicho viviente que ande cerca, incluida yo misma.

La cuestión es que alguien tiene que cargar con una condena, de lo contrario no hallaré explicación a lo ocurrido y fomentaré una actitud hostil muy viva y de lo más contagiosa.

Al entrar en esa dinámica del pensamiento nunca hallaré salida y simplemente viviré inmersa en un mundo en el que todos se sienten mal por algo, pero nadie sabe como empezar a arreglarlo. O lo peor, todos parecen saberlo, pero son los otros los que no hacen nada y por tanto concluyo que el mundo no tiene solución. Además, mientras llega ese "macgiver" que todo lo arregla, que seguramente no lo hará porque todos estamos esperando lo mismo, acaso alguien aparezca que cubra mis necesidades afectivas y entonces al  resto del mundo que le den...

Grosso modo eso es lo que más o menos concluimos todos los que por aquí nos planteamos el cambio. Un "aquí" indeterminado que podría trazar sus fronteras en torno a un nivel de conciencia que es imposible de testar desde el plano teórico. "Sólo por sus obras los conoceréis".

¿Qué hacemos entonces?

Nada más y nada menos que lo que estamos haciendo. ¿Qué otra cosa?

Pero sigo diciendo que la clave  para intuir esa ley misteriosa que parece jodernos o premiarnos sin ninguna conciencia es no estar dividido internamente.

¿Por qué?

No tengo un porqué con fundamento. Nadie tiene que creerme. Pero puede investigarlo por sí mismo: cuando la razón y el corazón se ponen de acuerdo de verdad y se actúa congruente con eso, algo extraño sucede. Me doy cuenta sin duda de que conecto de forma sutil con esa ley que no tiene nada contra mí y que sólo me dice con sutileza "si tú conectas conmigo, yo conecto contigo".

Es algo así como guarecerse de la lluvia. La lluvia no pretende mojarte, pero si te expones a ella claro que lo hará. Por otro lado, el agua está por todas partes: más de tres cuartas partes del cuerpo es agua. ¿Y a qué se reducen las emociones dolorosas sino a una fuente de lágrimas vertidas a veces por fuera y las más de ellas por dentro en forma de tristeza, nostalgia, anhelo, miedo...?

¿Pero qué hace que parezca tan difícil que razón y emoción diriman sus cuestiones deportivamente?

¿Todavía no te has dado cuenta?

Saltarse a la torera el binomio "juicio-perdón".

Cada vez que mi razón (juicio-programa-patrón-lógica) analiza mi emoción, es para señalarle como prioridad  todo lo negativo que encuentra a su paso. ¿Cómo queremos encima que la emoción se exprese si la acogotamos? ¿Acaso todavía no nos hemos dado cuenta de que la emoción que duele conecta directamente en vena con el niño que llevamos dentro?

Y si tanto denostamos al adulto que nos hizo daño, ¿cómo es que hacemos lo mismo nosotros con ese niño tan nuestro? O sea, le pedimos eternamente cuentas al personaje de fuera que nos machacó, y también se las pedimos al niño de dentro que fue machacado cuando no se comporta como ahora vemos que es mejor. ¿No es una locura?

¿Y así es como pretendemos averiguar el núcleo de nuestras incongruencias?
¿Esperando poder y haciendo justo lo contrario?

No he escrito estos párrafos para confundir más, mucho menos para culpar, sino al revés de ambos verbos.

Sin perdón, no hay trato. El niño jamás podrá aceptarlo y nosotros tampoco a él.

Es una condición irrevocable:  si no te perdonas jamás podrás perdonar a otros, y tu vida nunca será nada que te apetezca tal y como es.

Es lo mismo que si no respiras: te mueres.



Imagen tomada de aquí.


2 comentarios:

La reina de la miel dijo...

"¿Acaso todavía no nos hemos dado cuenta de que la emoción que duele conecta directamente en vena con el niño que llevamos dentro?"

Muchas gracias.

PazzaP dijo...

Atenta al paso.
Atenta al camino.
Atenta al pensamiento.

Y siempre, siempre, respirar para no ahogarme.