22 jul. 2009

Amén.

"El derecho a una sexualidad digna es no desintegrarse en la adicción; es humanizar el sexo en la vivencia del afecto; es no violentarse internamente, ni violentar; es retirarse a tiempo o estar todo el tiempo; es entender que, al menos en la química corporal, el fin no justifica los medios; es transmutarse en el otro hasta desaparecer y no asustarse por ello; es no regalarse, ni castrarse, ni someterse para obtener favores; es desnudarse valientemente y luego no querer vestirse; es poner a madurar el placer para que sepa mejor; en fin, ser digno en el sexo es quererse a uno mismo sin dejar de querer, y entregarse sin misericordia, sin lastimar ni lastimarse."

"(...) Desde mi punto de vista, la conquista sana en humanos no es más que un conjunto de acuerdos implícitos (cuanto más silenciosos mejor) para invadirse mutuamente sin perder la soberanía personal. O dicho de otra forma, es romper en forma respetuosa el territorio del otro, reconociéndolo como un genuino ser que vale la pena explorar por fuera y, sobre todo, por dentro."

(Walter Riso. La afectividad masculina)

19 jul. 2009

Amor.

El verdadero amor no es un sentimiento que nos abruma, es un una decisión pensada y un propósito. M. Scott Peck.

Conforme el ser humano se desarrolla y evoluciona, percibe el amor como algo más que un sentimiento abrumador que mueve pasiones e ignora la razón. Las decisiones tomadas en nombre del amor, bajo un estado de gran emoción, pronto se enfrían. En su caída, tienden a desencadenar un gran caudal de perturbación y, en muchos casos, deterioros materiales de gran insensatez.

Dejarse llevar por una brújula que tan sólo tenga en cuenta la exaltación de los sentimientos, supone desoír la voz que nos impide “perder la cabeza”. Un des-balance que, tarde o temprano, se cobrará un alto precio en forma de carencias y frustraciones típicas de aquellas relaciones en las que predomina la pasión y la fascinación completa. En el extremo contrario, está el sujeto que se deja guiar exclusivamente por el mundo prosaico de la razón, sin duda alguien que se ahogará en un territorio de cálculos e intereses que le adentrarán en un desierto carente de toda sensibilidad y frescura afectiva.

Cualquier decisión tomada desde uno de los dos lados, tanto el de la cabeza como el del corazón, supone lateralización y superficialidad. Por el contrario, los sujetos que evolucionan hacia una conciencia integral se adentran en lo profundo de sí mismos y logran que los opuestos, inherentes al yo superficial, vayan paulatinamente integrándose y dejen de ser excluyentes. Pensamiento y sentimiento, razón y afecto, cabeza y corazón intervienen integralmente en la decisión acerca de algo tan mágico como la relación afectiva. En realidad, en la hondura del propio Ser, caben los opuestos sin conflicto. Y de la misma forma que una paloma necesita dos alas para volar, nuestro cerebro precisa de sus dos hemisferios cerebrales para avanzar a la profundidad del sí mismo. Si una de las alas induce a actuar desde la emoción, la otra lo hace desde la razón. Es tan sólo la fuerza conjunta de ambas la que conduce al progreso. El amor como fuerza esencial de vida, no se queda fuera de esta Ley que balancea e integra el impulso y la reflexión.

Durante milenios, y todavía en variadas culturas del mundo actual, las grandes decisiones de formar una familia y entablar vínculos de pareja eran un asunto de los padres. El propio sujeto no tenía casi intervención en tan delicado asunto de su vida futura. En realidad, tiene pocos siglos la puesta en juego de sentimientos abrumadores como elementos decisivos en la creación de una familia. La humanidad se ha movido en ciclos pendulares que alternaban entre etapas de predominio racionalista y pragmático y etapas de romanticismo que exaltaban los sentimientos y la sensibilidad. Acción y reacción polares que vienen anunciando la llegada de un tercer punto, o conciencia de síntesis, que integra los opuestos y abre la puerta de la Inteligencia del Alma. Un estado mental en el que puede decirse que el corazón piensa y la mente ama.

En un nivel más elevado, el amor supone una ola que emerge de la Infinitud interna y lleva consigo la Experiencia de Totalidad. En la comunión espiritual de dos seres, el vínculo está más allá de la pasión y la razón. El Amor con mayúsculas es un estado de conciencia que integra Eros y Thanatos, lo ascendente y lo descendente, el Cielo y la Tierra. Un encuentro que está más allá de cualquier forma de apego y que brota desde planos transpersonales en los que Silencio es la pregunta y Silencio es la contestación.


Texto perteneciente al libro: "Inteligencia del alma", de José Maria Doria.
jmdoria@escuelatranspersonal.com

9 jul. 2009

VI.Libertades.


Cuando se ha vivido la mayor parte de la vida sojuzgado, por tanto con una perspectiva bastante limitada de las cosas, el reconocimiento de la libertad se convierte de repente es una responsabilidad compleja de asumir y de manejar de forma satisfactoria. Se trata de hacer no sólo lo que me plazca a mí, sino también de permitir lo que le plazca al otro, logrando un equilibrio en el que los espacios personales no colisionen entre sí.

Creo absolutamente precisos los acuerdos para navegar en este inmenso océano de intercambios de un modo elegante y dinámico, que roce siquiera tangencialmente lo amoroso, pues no concibo manera más idónea de armonizar los opuestos. Por eso al asumir la libertad propia nos encontramos con las libertades de los otros en un embolado que hay que ir clarificando despacio y con suma delicadeza, pues puede estallar en las manos como nitroglicerina.

Pero para estar realmente de acuerdo es preciso aceptar que ninguna libertad será considerada como tal si está entretejida con los hilos del sacrificio de alguna de las partes, que a menudo se muestran camuflados tras las necesidades afectivas más soterradas, convenciéndome de que si no obtengo del otro lo que espero, a veces tácitamente, mi libertad ya por eso lo es menos.

Se infiere entonces que esa libertad mía dependería más de la voluntad ajena, y que estaría hecha de parcelas que puedo usar pero que no son de mi propiedad. Sería más como una libertad hipotecada, cuando la crudeza de lo cierto dice que el trazado de la misma es de mi exclusiva competencia. Puedo elegir o no estar implicado en lo que me atrapa, pero siendo consciente en todo momento, de que si me dejo sujetar no es porque tenga que inmolar una de esas parcelas prestadas de mi libertad, que sería el sacrificio, sino porque escojo hacerlo por convenir más a mis intereses y necesidades.

Y si de todo ello no obtengo satisfacción, no es responsabilidad del otro que ha decidido administrar la parcela de libertad que me prestaba, sino de todo punto mía por haberme apegado en exceso a ella, hasta el extremo de sentir la pérdida como algo irreparable. Y eso es porque en el camino de la confianza a menudo se obvia que uno no es el dueño de esa libertad que, otrora disfrutada, ahora se aleja veloz desbrozando ilusiones y fantasías.

Creo que hasta en la forma en que se expresa el desacuerdo hay que ponerse de acuerdo, e ir depurando los conflictos nacidos de la idea generalizada de que tiene que ser el otro el que cambie. Mas cuando el erróneo empeño se convierte en una labor titánica, o bien se relativiza con urgencia el contexto hacia formas más simples de aceptación, o nos abocamos hacia la soledad más claramente autoimpuesta. Sí, porque la soledad al principio es más una idea en la que uno se instala que un hecho empíricamente constatable. A fuerza de que con el tiempo y la perseverancia en esa idea, termine por fijarse en la cotidianeidad más veraz.

O estamos con los otros o sin ellos. Pero que no sea la dependencia afectiva quien se haga cargo de las mezclas, sean estas ideales o explosivas. Si parto con un bagaje de aceptación propia saludable, podré intercambiar con el otro en paz, hasta incluso si es necesario, transfundiéndole aquella de la que él carezca.