21 nov. 2009

IX.What Change?

Me contaron que para que el mundo cambiara primero tenía que cambiar yo.
He cambiado, y el mundo… sencillamente me dejó.
Sé que no he cambiado “mal” porque me siento mejor.
Pero también sé que mi soledad sólo es un error.

Entonces…

¿Será que “mejor” no significa nada sin “peor”?
¿Será que he cambiado tanto que hasta me parezco extraña yo?
¿Será que estaba “peor” de lo que imaginaba, y el cambio apenas compensó?
¿Será que en el fondo todos sentimos algo “mal”, por real que parezca lo que no es sino evasión?
¿Será que, esto, ya es estar “mejor”?

Algo se cuece en el error…
En el ínterin, observo…
Y aunque nada tenga, sigo siendo.



Imagen: Forges.

13 sept. 2009

VIII. Mi severo y yo.


Si no empiezo nunca me pongo. Quiero decir que si no empiezo a escribir nunca me pongo a escribir. Siempre me digo “esa idea es muy vaga”. Y tanto que es vaga, que no se digna materializarse siquiera en letras, que no digo ya en actitudes. La verdad es que paseando me vienen las mejores ideas. O eso me parece mientras las pienso, toda oxigenada y latiente. Luego me desazona el hecho de no haberlas plasmado si tan buenas eran. No serían tan buenas. O quizá mi juez las disuadiera, que mira que es severo.

¿Qué dices...? Me dice que se limita a aplicar mis propias normas, que incluso a él le parecen demasiado rígidas.

Le voy a contestar, sin acritud. Acritud añadida quiero decir, que con la que trae de serie mi franqueza me despisto. Y es que no me decido a lo del cartel en la frente que dé mi temperatura a los que se acercan para calentarse la moral. “Tratarme puede quemarte. Como linterna doy luz de calidad. No apta para cardiacos emocionales. Usar con responsabilidad. Incoherentes crónicos abstenerse.”

Es verdad, tienes mucha razón, severo, mis normas son todavía algo rígidas; pero también es verdad que apenas me das tregua para cambiar eso. Me tienes rodeada. Pretextando que me proteges, me asfixias. Se me rompen las costuras de los trajes que me hiciste hace años y aún así me los remiendas. ¿Por qué no me dejas respirar libremente el error de creer que soy escritora? La verdad es que aparato tengo, es sólo que carezco de genio. Como facultad me refiero, que del otro, al decir ajeno, me sale un poco torcido a veces. Aunque en esto no se ponen nunca de acuerdo.

Cada vez que poso los dedos en el teclado con el verde de la voluntad luciendo a la espera de que alguna inspiración se apoye en ellos, me deslizas un rosario de imágenes de señores y señoras, sesudos y sesudas, que dicen que la blogosfera rebosa de onanistas emocionales. Como la vida misma, digo yo, sólo que lo virtual da mayor cobertura. Ellos lo dicen con más fundamento, claro, y mucho mejor explicado, claro, pero eso es lo que tú extraes, querido severo,, de la tónica general de sus juicios y se lo espetas como argumento al ojo de mi frente dejándolo seco de impulsos siquiera banales.

Más tarde, en cualquier momento ocioso, no sé si tuyo o mío, sales con eso de que las cosas se hacen haciéndolas. “Es parte de tu nueva programación, ¿recuerdas?”, me dices algo socarrón.

Ya. Lo sé. Pero lo que a mí me gusta es escribir y tú me disuades en casi todos mis intentos. Incluso en este que apunta maneras de editarse interfieres mi espontaneidad expresiva. Quieres teñir mi discurso con el color de la estulticia. Me concedes la habilidad para contar mas no para desarrollar un contenido que las vacas sagradas apoyen.

¿Qué cuáles son esas vacas sagradas? ¡Qué sé yo! Los que quieren distinguirse de la gran masa, lográndolo o no. Es complicado y yo no sé explicarlo. De nada me han servido entonces todos estos años de lectora. He mejorado la sintaxis, pero sigo centrada en mi ombligo.

¿Qué dices? ¿Qué yo también quiero distinguirme de la gran masa? No, qué va. La única distinción que quiero es simple: que me vean sólo lo justo para que no me absorban sin verme. Cada vez más, me siento un efecto creador de nuevas causas, cuya propia causa desconoce. En el proceso digestivo del universo vendría a ser algo así como una enzima.

Vale que sea un sueño que sueño, no te pongas pesado. Pues va de enzimas digestivas, oye. Si yo no estoy ciertas cosas no pasan, eso seguro. Claro que mi efecto en otros es absolutamente prescindible, pero tal vez en el íntimo escenario de un intercambio entre dos, que ellos mismos propicien, lo que veo a veces les ayude a sentirse mejor. O puede que peor, pero me consta que luego mejor cuando me sacan de su vida.

Parece que a pesar del ruido no produzco tantas secuelas, sino que contribuyo como revulsivo a un mayor bienestar. Voy a pensar que algunos quiebros dolorosos eran necesarios y que a mí me tocó el papel más malvado en la película del otro. Por eso tal vez me decida a ponerme un prospecto como medallita al cuello para ahorrar indigestiones a mis compañeros de viaje, coetáneos que me ven pero que en esencia me ignoran porque soy algo abstrusa. Y también áspera, que no se me olvida.

Y lo digo para que se me acerque sólo el que quiera. Yo estoy aquí, simplemente contando lo que veo, sin moverme mucho para romper lo menos posible. En pleno ajuste de mis percepciones para un entorno que requiere pupilas dilatadas; algo que la luz intensa no permite tener.

Me doy cuenta a veces, menos mal, que demasiada luz me ciega a mí también, y que muchos miedos que creo mirar directamente a los ojos, otros ni siquiera los ven. ¿Será porque sólo son míos? ¿Será porque no siempre es visible la correlación entre el límite y el miedo?

Vale yo no digo que te mires un límite que resulte satisfactorio, pero uno que te dé problemas constantes, ese sí, ¿no? Por ejemplo, yo digo ahora que no tengo ideas, buenas ideas sobre las que escribir, y pienso que es porque actúo como una dilerda (sí, dilerda) estudiante. Sé por otras veces que cuando empiezo a aprender escribo muchísimo más de todo… Sin embargo, no retengo, mi memoria es demasiado lábil para ciertas cosas que todavía no sé bien por qué no me interesan tanto como dicen las vacas sagradas que debían interesarme si quiero creer que gozo de un mínimo de inteligencia. Ay, qué larga me ha salido la frase.

Entonces me pongo a redactar sobre esa conversación interior que me estoy montando para juntar letras como quien se desliza por una pista de nieve en polvo, y así me lo paso bien y me engaño diciéndome que vale, que no escribo mejor porque es que no valgo. No, valer sí vales, hija, me digo, lo que a ti te pasa es que no te da la gana cultivarte el valor. Lo tienes ahí en barbecho, esperando que la hormona enamoratrix lo germine.

“Ah, vale”, me replica todo chulo el severo, “tú eres adicta a los vaivenes emocionales. De esa clase que si no está enamhormonada cree que no puede andar. Bueno, como ya sabes que eso es una excusa, o eso me has encargado que te diga cuando posas como víctima de tus carencias, no voy a meterte caña para que no te sientas encima culpable, que eso dispara tus estrógenos y alimenta tu mioma."

Cómo se ha puesto el tío de claro conmigo… Es que me convence, oye, lo que pasa es que… ahora que lo pienso si ya está abierto este espacio da un poco de pena cerrarlo. Si total, no ocupa. Si además, ya lo pone en la puerta: “Tener o ser? Esa es mi cuestión.” Y la de todos antes o después… Para cuando se estile, a lo mejor contribuyo...

La verdad es que he montado un número para justificar un rato ante mí que escribo, y me encargo de hacerlo de tal modo que pueda crucificarme (como a Jesucristo, pero en metafórico) alguna vaca sagrada que pase por este desierto calentito de mi purgatorio.

M'emociona la idea de oír su voz directa al centro de mi mente, siquiera sea para contrarrestar un poco la que normalmente chapotea en toda ella gracias a la imagen que mi severo me ha fabricado con retazos de los juicios que circulan por estas virtuales que no virtuosas redes.

Desde luego que vaya poca personalidad que tengo. Bueno, tengo bastante, sólo que con lagunas en lo asertivo, poco asertivas ellas, dicen los más reputados expertos. Pero creo que eso no es irreversible, y que tampoco requiere cirugía.

Y ahora, ¡a por el golpe de ratón!: el mejor antídoto del internauta hastiado.

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Lucio Septimius Severus fue el primer emperador romano de origen norteafricano en alcanzar el trono, y fundador de la Dinastía de los Severos. Tras su muerte fue proclamado Divus por el Senado. De la Wikipedia.

2 sept. 2009

VII. El tejido humano.



Paseando por el lado más alejado de la bahía un día de verano de sol radiante observé el considerable gentío.
Pero lo que yo veía no eran hombres y mujeres de todas las edades, ni animales, ni objetos, tan sólo un enorme tejido palpitante que se tostaba al sol del mediodía. Era la primera vez que contemplaba a mis congéneres como algunas veces los había imaginado globalmente durante mis reflexiones metafísicas.

Dentro de cada mente deviene grande el pequeño universo de lo personal, pero en ese instante poco podía importarme lo que estuvieran pensando, sintiendo o haciendo. Achatados por la distancia, sus movimientos eran intraducibles; qué decir de sus pensamientos.

Era un tejido que parecía reptar, empero su lentitud no obraba ningún desplazamiento que fuera visible para mí. Estaba recostado al borde del mar y no parecía deseoso de irse. Algunos de sus tentáculos estaban metidos en el agua, quien sabe si para beber o para refrescarse. Ciertos puntos de su cuerpo titilaban débilmente como esas estrellas lejanas hechas de colorines. Con el pasar de las horas, los rayos de sol cayéndose por el horizonte, el tejido se fue diluyendo lentamente hasta que apenas le quedaban algunos lunares viajeros. Podía ya verse el trozo de tierra sobre el que se había apoyado, pues antes de tan compactado apenas se adivinaba por entre algunos de sus descosidos pliegues.

Durante la experiencia de aquella mirada qué poco me importaba lo que estuvieran pensando, sintiendo o haciendo, pero no ignoro que por el mero hecho vivir ya formo parte de ese tejido para nutrirme y vivir lo cotidiano. Y es en la interacción con las otras células cuando se abre el microscopio de la percepción impregnándome de lo ajeno; a menudo hasta un punto tal que se me hace difícil no sucumbir a sus asfixiantes marejadas de manifestaciones.

Para algo ha de servir el individualismo con su cohorte de autonomías intelectuales y morales, el libre albedrío, la voluntad y la confianza en uno mismo, dicen los más avezados en estas lides. Pero cómo hallar discernimiento entre tantas opciones enredadas en entramados tan complejos.

Ha habido y sigue habiendo células inteligentes que han dado con la clave para ese duro ejercicio y que han compartido sus ideas volcándolas de incontables modos. Sin embargo, no dejan de ser sus propias visiones, su peculiar y único modo de concebir lo que hay. Que a ellos les haya servido no garantiza la validez para otros. No la garantiza, pero es un comienzo, qué duda cabe.

Pese a todo, es vital que reine la anuencia en aquello que llamamos universal y que puede y debe ser saludablemente válido para todos de una forma decisiva. Fuera de eso ninguna individualidad consiente en verdad estar sometido a unas formas que le apresan. Y cuando el egotismo nos nubla el entendimiento, cosa harto frecuente cuando se responsabiliza a lo externo de lo que “nos pasa”, es complejo que lo esencial llegue a materializarse.

Cada uno, con ser entero, se siente una parcialidad de algo que no acierta a clarificar. El objetivo parece claro: buscar lo que le falta fuera de sí mismo. Y ahí andamos todos, confirmando y reafirmando día a día la aparente escasez de lo buscado.

Mas ¿cómo podría hallar fuera lo que sólo está dentro, lo que parte de la necesidad personal y dibuja la presunta realidad de matices exclusivos? ¿Cómo podría verse completada una búsqueda retratada en otras búsquedas?

Dado que es de todo punto imposible, cada cual habrá de inventar algo que finiquite el proyecto personal de una vez por todas. No veo otro modo de que el tejido humano de la tierra prospere en la creación conjunta de la entidad a la que se debe.

En esto, o vamos todos juntos, o es seguro que no vamos a parte alguna.


23 ago. 2009

Éxito

(...) llega el día en el que descubres que el éxito no tiene mucho que ver con aquello que te habías imaginado, que ya no precisas que los demás aprueben tus actos, que apenas te influye que te ensalcen o que te critiquen; ya no sufres cuando no posees su aceptación, ni te alegras en exceso cuando te regalan su halago. Ahora tu éxito es, simple y llanamente, un reflejo de tu estado de ánimo, de tu armonía interior. Estás consiguiendo la congruencia interna; estás bien contigo. Te estás desprendiendo de las ideas engañosas que se han ido adhiriendo a tu mente. Estás sintiendo el éxito en tu propio crecimiento y reparando en que cometer errores, tener problemas y sentir dolor también forman parte del éxito, porque de todo ello estás adquiriendo sabiduría y con ello te estás fortaleciendo.

(...) Tener éxito es luchar por lo que uno quiere; vivir de la forma que a uno le hace más feliz, amar sinceramente, elegir a tus amigos, por eso, porque son amigos, vivir con quien se desea, por eso, porque se desea, y desarrollar el talento, dirigiéndolo a lo que más le satisface.

Tener éxito es despertar a la vida y llegar a ser quien quieres ser. Y para ello es necesario trazar una dirección, dejar de vagar por calles desconocidas. Aquel que no sabe adónde se dirige, normalmente no llega a ningún lugar.

(...) El verdadero éxito es mirar a la vida con alegría; dar los buenos días al día, agradecer lo que te va a proporcionar; relacionarte con los que te rodean sin conflictos, reírte con tus amigos hasta que te duelan las mandíbulas.

Éxito es tener ilusión por emprender nuevos proyectos, por desarrollar tus habilidades, tu talento escondido.

Tener éxito es poder encontrarte con tus seres queridos, simplemente para caminar junto a ellos.

Tener éxito es tener salud. Esto es un gran éxito y una gran suerte, aunque a veces esa suerte dependa en gran parte de la manera en la que nos hayamos tratado física y emocionalmente.

Y un ser humano con éxito, por supuesto, es el que ha descubierto su interior y eso le lleva a ser mejor persona. Es un éxito también hallar en el recorrido a seres humanos que buscan lo mismo que tú, compartir tus sensaciones y comunicarte con ellos, generando, entre todos, toneladas de energía positiva.

Gozar de éxito es haber descubierto todo esto y poder mostrarle a tus hijos que es mejor ser que tener (...)

Palabras para el bienestar. Concha Barbero

Muerte

Las identificaciones más habituales del ego guardan relación con las posesiones, con el trabajo, con el estatus y reconocimiento social, con el conocimiento y la educación, con la apariencia física, con las habilidades personales, con las relaciones, con tu historia personal y familiar, con los sistemas de creencias, y también con las identificaciones colectivas: nacionales, raciales, religiosas y otras. Ninguna de esas identificaciones eres tú. ¿Te da miedo saberlo? ¿O te produce alivio? Antes o después tendrás que renunciar a todas esas cosas. Quizá aún te resulte difícil de creer, y ciertamente no te estoy pidiendo que creas que tu identidad no se halla en ninguna de estas cosas. Llegarás a saber la verdad de mi afirmación por ti mismo. A más tardar, lo sabrás cuando sientas que la muerte se acerca. La muerte te desnuda de todo lo que no eres tú. El secreto de la vida es "morir antes de morir" y descubrir que no hay muerte.

El poder del ahora. Eckhart Tolle

22 jul. 2009

Amén.

"El derecho a una sexualidad digna es no desintegrarse en la adicción; es humanizar el sexo en la vivencia del afecto; es no violentarse internamente, ni violentar; es retirarse a tiempo o estar todo el tiempo; es entender que, al menos en la química corporal, el fin no justifica los medios; es transmutarse en el otro hasta desaparecer y no asustarse por ello; es no regalarse, ni castrarse, ni someterse para obtener favores; es desnudarse valientemente y luego no querer vestirse; es poner a madurar el placer para que sepa mejor; en fin, ser digno en el sexo es quererse a uno mismo sin dejar de querer, y entregarse sin misericordia, sin lastimar ni lastimarse."

"(...) Desde mi punto de vista, la conquista sana en humanos no es más que un conjunto de acuerdos implícitos (cuanto más silenciosos mejor) para invadirse mutuamente sin perder la soberanía personal. O dicho de otra forma, es romper en forma respetuosa el territorio del otro, reconociéndolo como un genuino ser que vale la pena explorar por fuera y, sobre todo, por dentro."

(Walter Riso. La afectividad masculina)

19 jul. 2009

Amor.

El verdadero amor no es un sentimiento que nos abruma, es un una decisión pensada y un propósito. M. Scott Peck.

Conforme el ser humano se desarrolla y evoluciona, percibe el amor como algo más que un sentimiento abrumador que mueve pasiones e ignora la razón. Las decisiones tomadas en nombre del amor, bajo un estado de gran emoción, pronto se enfrían. En su caída, tienden a desencadenar un gran caudal de perturbación y, en muchos casos, deterioros materiales de gran insensatez.

Dejarse llevar por una brújula que tan sólo tenga en cuenta la exaltación de los sentimientos, supone desoír la voz que nos impide “perder la cabeza”. Un des-balance que, tarde o temprano, se cobrará un alto precio en forma de carencias y frustraciones típicas de aquellas relaciones en las que predomina la pasión y la fascinación completa. En el extremo contrario, está el sujeto que se deja guiar exclusivamente por el mundo prosaico de la razón, sin duda alguien que se ahogará en un territorio de cálculos e intereses que le adentrarán en un desierto carente de toda sensibilidad y frescura afectiva.

Cualquier decisión tomada desde uno de los dos lados, tanto el de la cabeza como el del corazón, supone lateralización y superficialidad. Por el contrario, los sujetos que evolucionan hacia una conciencia integral se adentran en lo profundo de sí mismos y logran que los opuestos, inherentes al yo superficial, vayan paulatinamente integrándose y dejen de ser excluyentes. Pensamiento y sentimiento, razón y afecto, cabeza y corazón intervienen integralmente en la decisión acerca de algo tan mágico como la relación afectiva. En realidad, en la hondura del propio Ser, caben los opuestos sin conflicto. Y de la misma forma que una paloma necesita dos alas para volar, nuestro cerebro precisa de sus dos hemisferios cerebrales para avanzar a la profundidad del sí mismo. Si una de las alas induce a actuar desde la emoción, la otra lo hace desde la razón. Es tan sólo la fuerza conjunta de ambas la que conduce al progreso. El amor como fuerza esencial de vida, no se queda fuera de esta Ley que balancea e integra el impulso y la reflexión.

Durante milenios, y todavía en variadas culturas del mundo actual, las grandes decisiones de formar una familia y entablar vínculos de pareja eran un asunto de los padres. El propio sujeto no tenía casi intervención en tan delicado asunto de su vida futura. En realidad, tiene pocos siglos la puesta en juego de sentimientos abrumadores como elementos decisivos en la creación de una familia. La humanidad se ha movido en ciclos pendulares que alternaban entre etapas de predominio racionalista y pragmático y etapas de romanticismo que exaltaban los sentimientos y la sensibilidad. Acción y reacción polares que vienen anunciando la llegada de un tercer punto, o conciencia de síntesis, que integra los opuestos y abre la puerta de la Inteligencia del Alma. Un estado mental en el que puede decirse que el corazón piensa y la mente ama.

En un nivel más elevado, el amor supone una ola que emerge de la Infinitud interna y lleva consigo la Experiencia de Totalidad. En la comunión espiritual de dos seres, el vínculo está más allá de la pasión y la razón. El Amor con mayúsculas es un estado de conciencia que integra Eros y Thanatos, lo ascendente y lo descendente, el Cielo y la Tierra. Un encuentro que está más allá de cualquier forma de apego y que brota desde planos transpersonales en los que Silencio es la pregunta y Silencio es la contestación.


Texto perteneciente al libro: "Inteligencia del alma", de José Maria Doria.
jmdoria@escuelatranspersonal.com

9 jul. 2009

VI.Libertades.


Cuando se ha vivido la mayor parte de la vida sojuzgado, por tanto con una perspectiva bastante limitada de las cosas, el reconocimiento de la libertad se convierte de repente es una responsabilidad compleja de asumir y de manejar de forma satisfactoria. Se trata de hacer no sólo lo que me plazca a mí, sino también de permitir lo que le plazca al otro, logrando un equilibrio en el que los espacios personales no colisionen entre sí.

Creo absolutamente precisos los acuerdos para navegar en este inmenso océano de intercambios de un modo elegante y dinámico, que roce siquiera tangencialmente lo amoroso, pues no concibo manera más idónea de armonizar los opuestos. Por eso al asumir la libertad propia nos encontramos con las libertades de los otros en un embolado que hay que ir clarificando despacio y con suma delicadeza, pues puede estallar en las manos como nitroglicerina.

Pero para estar realmente de acuerdo es preciso aceptar que ninguna libertad será considerada como tal si está entretejida con los hilos del sacrificio de alguna de las partes, que a menudo se muestran camuflados tras las necesidades afectivas más soterradas, convenciéndome de que si no obtengo del otro lo que espero, a veces tácitamente, mi libertad ya por eso lo es menos.

Se infiere entonces que esa libertad mía dependería más de la voluntad ajena, y que estaría hecha de parcelas que puedo usar pero que no son de mi propiedad. Sería más como una libertad hipotecada, cuando la crudeza de lo cierto dice que el trazado de la misma es de mi exclusiva competencia. Puedo elegir o no estar implicado en lo que me atrapa, pero siendo consciente en todo momento, de que si me dejo sujetar no es porque tenga que inmolar una de esas parcelas prestadas de mi libertad, que sería el sacrificio, sino porque escojo hacerlo por convenir más a mis intereses y necesidades.

Y si de todo ello no obtengo satisfacción, no es responsabilidad del otro que ha decidido administrar la parcela de libertad que me prestaba, sino de todo punto mía por haberme apegado en exceso a ella, hasta el extremo de sentir la pérdida como algo irreparable. Y eso es porque en el camino de la confianza a menudo se obvia que uno no es el dueño de esa libertad que, otrora disfrutada, ahora se aleja veloz desbrozando ilusiones y fantasías.

Creo que hasta en la forma en que se expresa el desacuerdo hay que ponerse de acuerdo, e ir depurando los conflictos nacidos de la idea generalizada de que tiene que ser el otro el que cambie. Mas cuando el erróneo empeño se convierte en una labor titánica, o bien se relativiza con urgencia el contexto hacia formas más simples de aceptación, o nos abocamos hacia la soledad más claramente autoimpuesta. Sí, porque la soledad al principio es más una idea en la que uno se instala que un hecho empíricamente constatable. A fuerza de que con el tiempo y la perseverancia en esa idea, termine por fijarse en la cotidianeidad más veraz.

O estamos con los otros o sin ellos. Pero que no sea la dependencia afectiva quien se haga cargo de las mezclas, sean estas ideales o explosivas. Si parto con un bagaje de aceptación propia saludable, podré intercambiar con el otro en paz, hasta incluso si es necesario, transfundiéndole aquella de la que él carezca.


29 jun. 2009

V.Trágico.


Desde que descubrí mis luces he intentado comprender el código de la vida que me rodea. Incesantes estímulos a mi alrededor, personas que me hablan y que veo cómo se alejan por mis respuestas. Me parece pronunciar el mismo lenguaje, pero las palabras no son las adecuadas y los gestos tampoco. No quiero que se vayan, pero se van. Quiero que estén, pero cuando lo hacen, antes o después termino saturándolos o ellos a mí.

Veo cosas que al parecer no pueden decirse porque hieren. Muchos saben que son verdad, otros puede que apenas lo intuyan, pero todos perciben en sí mismos un fondo de insatisfacción interior cuya etiología ignoran, y que sin embargo está vinculado con aquello que se niegan a mirar.

Dicen que tampoco yo tengo la verdad y se sienten agredidos porque veo con la mirada nítida de un anfibio, más allá de sus contradicciones. Y sienten mi fuerza como un ataque en lugar de como una buena excusa para explorarse y deshacer los nudos emocionales que apagan el brillo de su nivel de satisfacción con la vida. Les parece que les juzgo por su paja y que no veo la viga de mi ojo... Tremendo para mí que no se entienda que con mis palabras no deseo golpear a nadie; y para ellos, supongo, tremendo sentir que soy capaz de ver su fealdad con la misma facilidad que puedo ver la mía, que desde el desafecto que me profeso, me parece la más fea de todas.

Como requiero el reconocimiento de cuantos se me acercan en una línea de pensamiento algo densa, antes o después hacen mutis por el foro. Porque les basta su vida, la prefieren así antes que la reorganización de su propio almario que tanto pánico les da mirar. Como si fuéramos a vivir eternamente, pienso para mí. Como si a medida que pasamos por el tiempo y el espacio no fuéramos siendo más y más conscientes de que esto se terminará algún día, y de que llegados a ese día no querríamos dar a luz la sensación de que algo importante se nos ha perdido por el camino impidiéndonos vivir una existencia genuina; dándonos a cambio un sucedáneo por causa del miedo, ese mismo miedo que inspira las decisiones limitantes que nos imponemos. Ese miedo que nos cierra, que nos separa, que nos va deshumanizando a fuerza de creer que la individualidad es lo humano por encima de todo.

Vamos a la contra de nuestra salud como especie y aunque muchos lo ven como yo, prefieren dejarse mecer por la inercia de lo que hay y ejercer sus duras críticas por los pasillos, el único lugar donde no hacen otro efecto que el de arrojar negativismo al Universo.

27 jun. 2009

IV.Blanco sobre negro.


Cinco meses largos enfrentándome a la página en blanco de mi bitácora. Porque no es lo mismo estar -diré presuntamente- a solas delante de un documento nuevo en pose de ir practicando la redacción de algún íntimo testimonio, que hacerlo conectado a esta ventana en la que la posibilidad de ser leído cuando menos no es imposible.

Si apenas habré de pasar de ser anónimo, pues no es otra que esa mi pretensión última, ¿qué temo? Acaso mi forcejeo esté entre la pulsión que busca el contacto genuino con un semejante, y la neta necesidad que tengo de escribir algo que, cuando menos, sirviera a alguien para algo; a mayor ambición, que redundara en la salud de todos.


Aunque todavía no acostumbre decírmelo, creo que si a nadie más sirviera para nada, incluso así, a mí me serviría; pues si lo que más deseo es hallar complicidad, primero que con otros debería tenerla conmigo. Y esta es una forma, tan buena como otras lo sean, de empezar a fortalecerla. Afrontando sin temor el juicio que por manifestarme ya desate. Claro que tampoco me oculto que seguramente opere una vena exhibicionista y morbosa de contactar con extraños y hablar de lo más arcano que se nos ocurra.


No dudo de que soy más en mi relación con los otros, y que me defino con mayor nitidez, voluptuosa nitidez, en franca comunicación con ellos. Y puesto que me importa tanto reconocer el núcleo de la auténtica afinidad que la alimenta, me valdré de este versátil puente virtual para mantener extendido mi deseo el tiempo que haga falta.

24 ene. 2009

III

Un día, poco rato después de levantarme, empecé a notar cómo se agudizaba el familiar chapoteo que la ansiedad suele traducir en mi vientre. Me daba cuenta de que la respiración era tan superficial que hasta parecía detenerse a veces, como si el pecho cansado se dejara desplomar contra la espalda. El pie derecho estaba apoyado sobre la punta, espoleado por el frenético vaivén del talón, que actuaba como válvula de mi tensión general.

El malestar me era tan obvio que ese mismo me pareció un buen momento, uno de tantos que se turnan en lo cotidiano, para llevar ante la luz de mi consciencia mi propia asamblea; el lugar donde razón y emoción dirimen mis más agudas contradicciones. Al fin y al cabo ellas son siempre las grandes responsables de dejar en suspenso, postergando sine die, el edén que quiero para mi vida. Sin embargo, en el mismo instante, me tentaba sentirlo como una tarea difícil...

Sé que cuando pienso y siento que algo es difícil, el mero hecho de creerlo y de sentirlo hace que, lo que sólo lo parece, en verdad comience a serlo; por razón de que voy propiciando casi sin darme cuenta la atmósfera circunstancial para ello, adoptando poses que de hecho ya han renunciado al logro. Porque una vez que el punto de vista se enfoca en lo que admite como verdadero, comienza la formulación práctica de las actitudes que tienden hacia ello; si bien la mayor parte del tiempo todo eso ocurre en automático, dado que no es posible seguir los incontables procesos que la voluntad esconde en su seno.

En verdad puede que por momentos la mente al completo celebre estar de acuerdo en no hacer nada; incluso aunque comprenda que a la postre acarree detrimento para toda ella. Pero eso es porque la idea de renuncia produce momentáneamente una sedación casi hipnótica, un alivio contra la enorme presión que ejerce el miedo. Si bien todas las veces degenera en un caldo de cultivo que alimenta la dificultad de conciliar los opuestos que moran dentro, convirtiendo mi añorado bienestar en un patético caos.

Paradójicamente, luego de que experimento ese relajo, me viene una íntima congoja que acaba bifurcando mi atención entre la parte que sabe que tiene que hacerlo, y la que siente que no quiere hacerlo; quizá porque se reconoce dueña de motivos enterrados que en el hoy no encontrarían ningún aval.

Sin percatarme del proceso durante la redacción de estos párrafos, y otros tantos que borré durante la labor de gestarlos, sentí que los movimientos respiratorios iban siendo cada vez más profundos y lentos, más eficaces, y que mi vientre ya no padecía el mismo agudo hervor ansioso de antes, así como también el talón había dejado de tamborilear en el aire.

Me doy cuenta de que el mero hecho de verbalizar mi pensamiento, de oxigenarlo, suele traer la calma que induce en mí estados generales más deseables, más proclives al entendimiento sensato de lo que me sucede. Si lo pienso despacio, rara vez no me he sentido mejor después de hacerlo, porque me gusta traer ante la luz todo lo que percibo dentro. Todo. Por eso intento describir incluso lo que no entiendo; con medias palabras si hace falta, tal como lo haría un niño, aunque a otros le parezcan inconexos los motivos que a él de verdad le mueven.

A veces parece increíble el poder con el que me persuado de que mi estado de malestar es el único que tiene auténtica potestad para determinar la parcialidad que percibo que soy. Y cuando eso sucede, las ideas que más lógica tienen, aquellas que me suenan más a una verdad completa y proporcionada con el conjunto de lo que hay, simplemente se convierten en humo. Pasando por encima de cuanta constatación empírica he acumulado de hecho en favor de mi persona.

Y así, todo aquello que viene de muy atrás en la noche de mi consciencia, todas aquellas conclusiones sobre las que se fueron construyendo las sucesivas interpretaciones de mis experiencias, detenta un poder que tiene la fuerza de lo irrefutable.

Ese poder presuntamente omnímodo, que va tiñendo con el mismo color de su influencia cuanta percepción va encajando con él, rechaza sin embargo cuanta idea no se ajuste a su estructura. El pensamiento lógico-racional, a la vanguardia defensiva de mis emociones más heridas, es también el que a la postre impide el drenaje de ese dolor que va creciendo en la oscuridad de mi ignorancia. Porque le cierra por sistema el paso a otros planteamientos que, estoy segura, podrían iniciar el proceso de cicatrización de esas heridas que aún respiran en los arcanos de mi inconsciencia.

Por eso tengo que llegar hasta el núcleo de esa cebolla que es mi corazón, rodeado de infinitas capas de afectos mal interpretados, para revisar cada milímetro de su estructura y remover todo lo que haga falta. Tengo que sustituir todos los errores archivados sobre los que fui encajando otros tantos. Y es tal la inercia que lleva el proceso contrario, que con cada inmersión el medio se hace más y más viscoso, frenando ese impulso de genuina transparencia que desea, ante todo, sembrar la paz en mis días.

Si llevo toda la vida creyendo que ésta sólo es sufrimiento, ¿cómo podría detener esa potente inercia que me arrastra, y al tiempo me frena, aunque con todas mis fuerzas no quiera?

Otro día hablaré de lo que se va cociendo en ese ágora de mi mente, que ahora que me doy cuenta ha sido la excusa perfecta para hablar de otras cosas que también me importan.

17 ene. 2009

II

Para vivir la vida de forma plena y satisfactoria creo que razón y emoción han de estar de acuerdo. Esto es, las premisas de las que parten y sustentan a ambas tienen ser las mismas, o, cuando menos, no deben existir incoherencias entre ellas.

Es difícil convencerse de que las emociones no son sólo sensaciones en el cuerpo, que su raíz también es mental. En tanto la emoción es una reacción física al modo como se interpreta lo que se vive, esa interpretación también se compone de creencias; inconscientes en su mayoría, pero no imposibles de conocer.

Me parece un error de planteamiento identificar la mente lógico-racional con la mente misma, cuando ante todo es un brazo ejecutivo con un poder sin duda alguna útil. Por puro empirismo me consta que esa identificación procede del desconocimiento primero de que, a pesar de su sofisticación, no deja de ser una herramienta que requiere un cierto entrenamiento; más que difícil, sistemático.

En especial cuando la pretendo como aliada del objetivo, éste siempre tiene que estar definido, sinónimo de verbalizado, en la consciencia. Algo más bien imposible si 'corazón' y 'cabeza' no están de acuerdo... pues la escalada de contradicciones puede convencerme hasta de elegir lo que no quiero, o incluso dejar lo que sí quiero.

Un problema que presenta esa identificación es que se deja sin ubicación conocida a la mente emocional; o mejor, a la parte emocional de la misma, que es la más compleja, la más oscura, conflictiva y difícil de manejar, por cuanto sienta muchas bases de toda la estructura pensante.

Se la desubica y al tiempo se la despoja de la capacidad interpretativa de sus propios contenidos; algo que considero imprescindible para detectar las incongruencias intestinas que hayan quedado instaladas durante los tiempos sin memoria.

Porque ese hecho es indudable que influye en las pautas que, conscientes o automáticas, van marcando actitudes cuyos resultados suelen provocarme gran insatisfacción. Y también porque es necesario saber qué quiero hacer conforme al objetivo pretendido. Salvo que este siga sin estar claro...

Sé que lo que no se interpreta no se comprende, si acaso no mucho más que de una forma intuitiva; algo que puede que no sea suficiente para ir depurando todo el dolor psíquico en un tiempo que cada cual irá determinando como razonable.

Quizá lo que más disuada de su manejo sea el rigor intrínseco del propio método lógico-racional; tan directo y nítido a veces que por eso tal vez no sea lo más apto para cardiacos emocionales. Pero no tengo dudas de que la utilidad ulterior compensa los incómodos reajustes iniciales; sobremanera porque es una herramienta que en la práctica no puede, o no sabe, permanecer totalmente inactiva.

Pese a todo lo dicho, puedo descartar fácilmente el error de planteamiento previo si por apego, por adicción, por ignorancia, o por simple afición, elijo acomodarme a los patrones circulares del sufrimiento; creyéndolos en mi demencia inexorables. A menudo por escapárseme algo del proceso que me aboca a ellos; o por no ser capaz de reconocer que es la pura evidencia la que inspira la agudeza de mi negativa.

Si me pregunto qué es lo que yo realmente quiero, puedo responderme de muchas formas, desde que no lo sé hasta decenas de cosas contradictoria; sin que eso excluya la posibilidad de que lo sepa realmente.Partiendo de la premisa de que la claridad de esa respuesta irá determinando mi hacer, todo cambio de actitud será siempre el resultado de un sinfín de pequeñas modificaciones que devienen resultados concretos.

Que esos resultados se parezcan poco o nada a lo esperado depende de mí. Puesto que, lo sepa o no, yo elijo todo momento aquello a lo que deseo dar credibilidad conforme a lo que pienso. Pero para llegar a ese punto tengo que ser consecuente y admitir que lo creo produce lo que vivo.

Con esa libertad sin límites, se abre así un universo de responsabilidades que no siempre me resulta fácil de manejar. Sin embargo, es muy interesante intentarlo, y perder la ocasión de hacerlo es condenarme necesariamente a lo que hay, que en muchas ocasiones se parece poco a lo que deseo.

I

Hace tiempo que vengo sospechando de un modo intuitivo, que todo cuando vivo es sólo un producto de mi propio sueño, uno el que caí cuando mi percepción me atrapó en este mundo de relatividad.

Departiendo con el universo en derredor, ora desde lo global, ora desde lo particular, voy recabando pistas que como piezas de un rompecabezas me van dando una buena imagen de mi gran puzle vital.

El mero estar entre los elementos que lo componen, siendo que todo “me” pasa a causa de mis interpretaciones, ya es suficiente espejo para mirarme y verme con claridad.

Y así mis errores van orientando el sentido hacia el que quiero caminar.

Si lo que siento es miedo y/o conflicto, entonces sé que voy hacia donde el ego me lleva, que es la travesía de la separación y la oscuridad.

Si lo que siento es amor... entonces ya no dudo, y, simplemente, voy.

15 ene. 2009

Principio.

Comienza la andadura de este blog hasta donde quiera llevarme. Dejaré que mi mano dibuje las palabras que quieran quedarse, que plasme los sentidos que quieran contarse.

Mi voluntad está al servicio de mi Ser, aunque a menudo se interponga mi ego y, confundiendo mi percepción, me oculte el conocimiento.

Una brújula infalible me guía:
Si he de elegir entre ser y tener, escojo ser.
Si he de elegir entre tener razón y tener amor, escojo amor.

Me encomiendo a la sabiduría y me bendigo en mi búsqueda.
Que las energías me sean favorables.