27 jun. 2009

IV.Blanco sobre negro.


Cinco meses largos enfrentándome a la página en blanco de mi bitácora. Porque no es lo mismo estar -diré presuntamente- a solas delante de un documento nuevo en pose de ir practicando la redacción de algún íntimo testimonio, que hacerlo conectado a esta ventana en la que la posibilidad de ser leído cuando menos no es imposible.

Si apenas habré de pasar de ser anónimo, pues no es otra que esa mi pretensión última, ¿qué temo? Acaso mi forcejeo esté entre la pulsión que busca el contacto genuino con un semejante, y la neta necesidad que tengo de escribir algo que, cuando menos, sirviera a alguien para algo; a mayor ambición, que redundara en la salud de todos.


Aunque todavía no acostumbre decírmelo, creo que si a nadie más sirviera para nada, incluso así, a mí me serviría; pues si lo que más deseo es hallar complicidad, primero que con otros debería tenerla conmigo. Y esta es una forma, tan buena como otras lo sean, de empezar a fortalecerla. Afrontando sin temor el juicio que por manifestarme ya desate. Claro que tampoco me oculto que seguramente opere una vena exhibicionista y morbosa de contactar con extraños y hablar de lo más arcano que se nos ocurra.


No dudo de que soy más en mi relación con los otros, y que me defino con mayor nitidez, voluptuosa nitidez, en franca comunicación con ellos. Y puesto que me importa tanto reconocer el núcleo de la auténtica afinidad que la alimenta, me valdré de este versátil puente virtual para mantener extendido mi deseo el tiempo que haga falta.

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