2 sept. 2009

VII. El tejido humano.



Paseando por el lado más alejado de la bahía un día de verano de sol radiante observé el considerable gentío.
Pero lo que yo veía no eran hombres y mujeres de todas las edades, ni animales, ni objetos, tan sólo un enorme tejido palpitante que se tostaba al sol del mediodía. Era la primera vez que contemplaba a mis congéneres como algunas veces los había imaginado globalmente durante mis reflexiones metafísicas.

Dentro de cada mente deviene grande el pequeño universo de lo personal, pero en ese instante poco podía importarme lo que estuvieran pensando, sintiendo o haciendo. Achatados por la distancia, sus movimientos eran intraducibles; qué decir de sus pensamientos.

Era un tejido que parecía reptar, empero su lentitud no obraba ningún desplazamiento que fuera visible para mí. Estaba recostado al borde del mar y no parecía deseoso de irse. Algunos de sus tentáculos estaban metidos en el agua, quien sabe si para beber o para refrescarse. Ciertos puntos de su cuerpo titilaban débilmente como esas estrellas lejanas hechas de colorines. Con el pasar de las horas, los rayos de sol cayéndose por el horizonte, el tejido se fue diluyendo lentamente hasta que apenas le quedaban algunos lunares viajeros. Podía ya verse el trozo de tierra sobre el que se había apoyado, pues antes de tan compactado apenas se adivinaba por entre algunos de sus descosidos pliegues.

Durante la experiencia de aquella mirada qué poco me importaba lo que estuvieran pensando, sintiendo o haciendo, pero no ignoro que por el mero hecho vivir ya formo parte de ese tejido para nutrirme y vivir lo cotidiano. Y es en la interacción con las otras células cuando se abre el microscopio de la percepción impregnándome de lo ajeno; a menudo hasta un punto tal que se me hace difícil no sucumbir a sus asfixiantes marejadas de manifestaciones.

Para algo ha de servir el individualismo con su cohorte de autonomías intelectuales y morales, el libre albedrío, la voluntad y la confianza en uno mismo, dicen los más avezados en estas lides. Pero cómo hallar discernimiento entre tantas opciones enredadas en entramados tan complejos.

Ha habido y sigue habiendo células inteligentes que han dado con la clave para ese duro ejercicio y que han compartido sus ideas volcándolas de incontables modos. Sin embargo, no dejan de ser sus propias visiones, su peculiar y único modo de concebir lo que hay. Que a ellos les haya servido no garantiza la validez para otros. No la garantiza, pero es un comienzo, qué duda cabe.

Pese a todo, es vital que reine la anuencia en aquello que llamamos universal y que puede y debe ser saludablemente válido para todos de una forma decisiva. Fuera de eso ninguna individualidad consiente en verdad estar sometido a unas formas que le apresan. Y cuando el egotismo nos nubla el entendimiento, cosa harto frecuente cuando se responsabiliza a lo externo de lo que “nos pasa”, es complejo que lo esencial llegue a materializarse.

Cada uno, con ser entero, se siente una parcialidad de algo que no acierta a clarificar. El objetivo parece claro: buscar lo que le falta fuera de sí mismo. Y ahí andamos todos, confirmando y reafirmando día a día la aparente escasez de lo buscado.

Mas ¿cómo podría hallar fuera lo que sólo está dentro, lo que parte de la necesidad personal y dibuja la presunta realidad de matices exclusivos? ¿Cómo podría verse completada una búsqueda retratada en otras búsquedas?

Dado que es de todo punto imposible, cada cual habrá de inventar algo que finiquite el proyecto personal de una vez por todas. No veo otro modo de que el tejido humano de la tierra prospere en la creación conjunta de la entidad a la que se debe.

En esto, o vamos todos juntos, o es seguro que no vamos a parte alguna.


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