26 jun. 2010

Hinge man.


Había una vez un hombre que, de tan intenso como amaba, contagiaba de alegría a los que le trataban de verdad. Hombres, mujeres, todos querían oír el azul de sus palabras, tan lúcidas, tan intensas, que hasta en la sombra amanecía, sin poderlo remediar.

El nublado que sentían al marcharse él, sólo era ausencia de una calidez que, tan humana como divina, les había tocado al alma. Era amor sin condición, lo que ese hombre sobre todo daba; no obligado, intenso y gratuito, y asimismo lo aceptaban; especialmente las que se dejaban blandamente caer, por entre las mieles de su intimidad.

Los que sin estima llegaban, temían hipnotizarse, pero con él pronto se daban cuenta de que hay un amor intrínseco para no perderse a sí mismos. Amor, al que uno es realmente, para que dé sus propios frutos sin clamar por el de otros.

Y así amaba él, mostrando el amor que era... dando ejemplos que emular, aparte de sus palabras, que nada serían sin congruencia en el hacer de todo aquello que consideraba importante. Por suerte, no estaba exento de errores; prueba inefable de que lo intentaba.

Los que le conocían, decían, que cuando alguien alegra así la vida a la gente, es que tiene duende, una energía creativa que es muy contagiosa. Por eso en sus relaciones, la ponía tan genuina y fresca que... con tan sólo desearlo en serio, uno podía dar un nuevo rumbo a la forma de ver su vida. Y con esa visión, cambiarla; con la certeza de haber empezado a hacerlo...

Cuando alguien no sabe de amor, sólo lo que le han contado, lo que él mismo ha vivido, a menudo con dolor, conoce el regalo impagable que es, que alguien le ame hasta el fondo de sus entretelas... porque ¡qué huella más cálida!, qué huella más serena, más plácida, más... esencial deja en el alma, una experiencia tan buena...

Desde ella, la conciencia ya puede alumbrar a un ser atento a las experiencias, que sabe aún no maneja, y que lo voltean como una ola en un día de resaca, pero que no por eso el baño se le ha de hacer menos plácido.

Se puede mirar muy bien el mar desde la orilla, pero si uno se quiere bañar, el mar tiene su carácter y hay que aprender a manejarlo, porque él no repara en un grano de arena sólo porque alguno de sus vapuleos le hiera. Otros aprenden a surfear con su fuerza y no parece pesarles...

Aquél era un hombre bisagra: un quiebro en la vida de los que deseaban ser genuinos. El amor de aquel hombre que era..., que era tanto amor, cambiaba a la gente y no era apegado. Y aunque nadie quería soltarlo, como el agua entre los dedos se escurría su energía, que para la tierra abonada era, como el aire, el agua y la luz del día.

Cuando el hombre visagra penetra en el alma,
se conoce un antes y un después de su estancia.
El dolor de la impronta es la energía que irradia,
la clase y el nivel de un amor sin palabras.
Quien darse cuenta no quiera, habrá de evitarlo,
mas, quien lo anhele, no dude en invocarlo.

1 comentario:

PazzaP dijo...

Nebroa dijo...
Por qué quitaste a gerald!?
:p

4 de julio de 2010 03:14

PazzaP dijo...
Because Gerard isn't hinge man :)

4 de julio de 2010 10:05